28.7.14

Perdonarte? No, para qué...


Un poco sobre el perdón... ¿eso es lo que quieres? ¿te hará sentir mejor?
Y a mí... a mí quien me devuelve la paz en el corazón, las ganas de no hacerte daño... de no hacerte pedacitos y tirarte al mar para que regreses hermoso... como una perla.

Si te lo preguntas....

                                  No sé si voy a poder perdonarte.       
                                                                       

El pasado no lo podemos cambiar, es inamovible, lo hecho, hecho está; es completo como una esfera: todo lo ocurrido ocurrió; es eterno: lo ocurrido nunca podrá no haber ocurrido. La libertad se ve así gravemente disminuida.

El futuro también tiene su falla angustiante: es totalmente impredecible. Ninguna predicción se cumple con exactitud, salvo coincidencia. Entre el pasado inamovible y el futuro impredecible, la acción de ese ser falible y finito que es el hombre, debe tener lugar. ¿Cómo puede apenas hacerse algo, si por un lado no podemos prever en absoluto sus consecuencias, y por el otro estas serán totalmente definitivas?
Sin embargo tenemos dos antídotos, frágiles pero reales, a esas dos corrosivas condiciones metafísicas: a la inalterabilidad del pasado podemos oponer el perdón y a lo impredecible del futuro podemos oponer nuestra capacidad de hacer promesas (2).
Si lo que fue hecho es inexcusable y el daño incomparable, ¿estamos condenados, los unos a la culpa (a veces secreta) y los otros al rencor? En estas experiencias el pasado se yergue como destino entre el presente y el futuro, bloquea el venir del porvenir e impide el pasar del pasado. Si bien lo que ocurrió no puede alterarse, lo que podemos cambiar –claro no es fácil ni frecuente– es la incidencia del pasado sobre el presente.
La persona que se sabe culpable de lo inexcusable vive en una obscura mezcla de remordimiento y mentira, su presente está enfermo de pasado. Lo mismo quien vive en el rencor, el resentimiento y el deseo de venganza. Enteramente ligados a su acto y a sus estatus de criminal, uno y al de victima el otro. Algunas veces, si el primero reconoce sus actos, inicia un movimiento hacia la víctima, esta puede, si lo desea, iniciar uno hacia el culpable. Hasta dónde puede llegar tanto un movimiento como el otro, es imposible decirlo. Pero tanto el ofensor como el ofendido recuperan una parte de sus estatus de persona humana, no enteramente criminal, no enteramente víctima.

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